Parte I · Capítulo 1
Una postal para el corazón
“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida.” — Proverbios 4:23
No sé de qué generación eres tú. Si naciste en los 2000, probablemente la palabra postal te suene a algo anticuado. Pero si tienes algunos kilómetros de vida encima como yo, recuerdas perfectamente lo que era. Al estar de viaje lejos de casa, entrabas a una de esas tiendas de souvenirs que había en cada esquina del lugar turístico, y elegías una foto bonita que representara eso que estabas conociendo: el mar, una montaña, un edificio antiguo. Ahí mismo, con una pluma prestada, le escribías un mensaje corto a alguien querido para después ponerlo en un buzón rojo en plena calle.
Y dos semanas después, cuando ya habías regresado a casa y andabas otra vez metido en tu rutina, esa postal llegaba a su destinatario, a tu mamá, tu pareja, un amigo. Cuando la veían, tú ya estabas en otro lugar. Pero esa foto del mar en un pedacito de cartón con tu letra les decía algo importante: te pensé. Aunque estaba lejos, te pensé.
Hoy todo eso está casi extinto. Hoy levantas el celular, te tomas una selfie en la playa, le agregas un filtro, la compartes en tus redes sociales y a los tres segundos toda tu lista de contactos sabe que estás de vacaciones. La velocidad de la comunicación se aceleró por mil. Y aún así, hay algo que no se ha multiplicado al mismo ritmo: la profundidad de los corazones. Nos comunicamos más rápido que nunca y sin embargo tenemos menos comunión que nunca. Más mensajes y menos vínculos. Más conexión digital y también más relaciones rotas en la vida real.



